Jugué por primera vez el Abierto de Australia en 1977. Es cierto que tardé bastante en encararlo, porque mi antecedente en césped era muy bueno al ganar el Masters en el ’74, pero por razones de calendario recién pude instrumetarlo tres años más tarde. No me fue mal, ya que recién perdí en la final –mi segunda de Grand Slam– con el estadounidense Roscoe Tanner.

Aun así, no quedé para nada conforme pues, entre otros errores estratégicos, no me preparé lo suficiente; antes de entrar practiqué solo unos 30 o 40 minutos y, en el partido, me sentí perdido. Tiriac lo vio clarito: «Comenzabas a jugar bien sobre el cierre», dijo con toda razón, cuando el 6-3, 6-3 y 6-3 era cosa del pasado… Lo tomé como una buena lección y, a partir de allí, trabajé varias horas en las previas importantes.

Nos dimos cuenta de algo vital: yo entraba en calor competitivo y máximo rendimiento luego de mucho trajín. Debía encarar los partidos con un cierto desgaste y abordarlos casi transpirando. Hice un chequeo con otros jugadores a ver si era yo el equivocado, pero no: Borg me confesó que, antes de ganar uno de sus Wimbledon, se entrenó cuatro horas seguidas… Hay que calentar hasta sentir que el cuerpo realmente responde a pleno. No sirve decir:«Peloteo media horita para cumplir y listo».

Aquel día contra Tanner fue infernal. La gente no se movía de sus asientos porque no toleraba la temperatura. Cuando corríamos se sentía el chirrido sobre la tierra, que parecía un desierto, con el pasto chamuscado. No me podía tener parado y Tanner me mató con el saque, imposible de devolver. El pique era tan veloz que se me encimaba y me pegaba en el cuerpo.

En el ’78 llegué con tiempo y le pedí a los organizadores la peor cancha que tuvieran. Me dieron una en la parte más alejada del club, con un sector sin completar y casi sin fondos. Yo necesitaba practicar y hacer los experimentos allí, con el piso muy poceado, donde la pelota no podía picar bien y me obligara a estar alerta. Descontaba que rompería el suelo con el trajín y así, con esa previsión, no me dirían nada. Recuerdo que tenía un pozo tan grande que tuve que taparlo con toallas para verlo y no romperme una pierna… Siempre me interesó entrenarme en superficies no arregladas; recrean una situación extrema que permite adaptarse rápido a una en buen estado, donde todo es más fácil y no hay error en el pique. Practicaba con el sol en contra, con zapatillas en mal estado… Salvando las grandes distancias, seguía el ejemplo de Picasso, quien utilizaba los peores pinceles y las peores telas…

Tomé un par de clases con [el australiano] Tony Roche, que duraron unos diez minutos cada una; hice ejercicios para mejorar la volea que funcionaron perfecto. Practiqué también con varios jugadores locales: Brad Drewett, John Alexander, Peter McNamara y varios juniors destacados del momento que conducía Ray Ruffels. Uno era Pat Cash, un chiquito muy prometedor que diez años después ganó Wimbledon. Entrenarme en pasto no resultaba fácil. En Australia era menos complejo que en Wimbledon, pero lo básico siempre fue que las canchas no eran todas iguales y debíamos acostumbrarnos a los diferentes piques. A una semana del inicio del torneo llegó Tiriac y planificamos el trabajo para acostumbrarme al césped.

Los tenistas locales estaban a sus anchas porque nacieron en esas canchas e incluso usaban zapatillas especiales, que no se conseguían así nomás. Tardé bastante en encontrarlas porque casi nunca tenían en stock y había que encargarlas. Al final, después de dar vueltas por distintos negocios de Melbourne junto con el Profe Belfonte, encontré unas Puma que se podían adaptar. Como patinaba tanto con las normales de tenis, compré unos pares de juego y otros de calle, que tenían la misma cosmética. ¿Qué hice? Les cortaba la suela como en pequeños taruguitos para conseguir mayor adherencia. Con los años, Puma me fabricó calzado específico y no tuve más problemas.

En algunos partidos, los organizadores veían que, cuando yo salía de jugar, la cancha estaba un poco movida… Entonces me decían: «Señor Vilas, vemos que usted trabaja muy fuerte en la cancha, pero no entendemos cómo queda tan mal». Sin mediar palabra, les mostraba la suela: era la de tenis y se quedaban tranquilos. El secreto consistía en intercambiarlas cada vez que entraba o salía de jugar, por si me chequeaban. Tampoco era para tanto, quizá levantaba un toque el pasto, es cierto, pero no representaba nada ilegal.

Otro de los obstáculos siempre fue el intenso calor, es obvio. Algunos días se tornaba intolerable: la gente se desmayaba en las tribunas y teníamos que esperar a que la retiraran en camilla para retomar el partido; vi caer muchos pájaros que pasaban volando y ¡puf! al piso, y se paraba todo hasta que los sacaban. Y, por supuesto, las moscas… Había momentos en que las sacaba de un manotazo porque se me pegaban en los pómulos, en pleno golpe, y me desequilibraba. En conjunto, una mezcla de sensaciones. Hasta me zumbaban los oídos porque a veces había baja presión.

En la final le gané a John Marks en cuatro sets y no festejé: «Le prometí a Dios que, si ganaba, no iba a festejar. Y no festejé. Saludé a mi rival y agradecí rezando el Padre Nuestro hasta llegar a mi silla». Me junté con Tiriac en el vestuario y él estaba furioso, porque no expresé mi alegría ni lo saludé; creyó que no le di importancia a semejante logro. Ni abrí la boca.

Antes de comenzar el siguiente torneo me dijo que hasta allí llegaba, que no le interesaba estar con alguien desagradecido… Y sí, estaba en lo cierto y no tuve otra alternativa que explicarle lo de la promesa –un secreto que yo guardaba en mi corazón–, entendió y logré tranquilizarlo. ¿Cómo no iba a querer celebrar si es hermoso triunfar? El contacto con la gente, conseguir lo que uno realmente quiere después de un gran esfuerzo… Cedí esa parte y me costó un montón contenerlo. Ya había ganado un Grand Slam, luego otro –el paso más difícil para un campeón de Grand Slam es hacerse del segundo– y después quería uno en una superficie rara para mí, como el césped. Entonces llegaría el otro desafío: repetir alguno. Esa angustia ayudó para prepararme para lo que seguía.

Al año siguiente volví a entrenarme en una cancha del fondo del club, la peor de todas, y me ayudó bastante [el australiano] Ken Rosewall, entre otros. Belfonte se enfocó en un trabajo físico esquemático, que hacíamos frente al Hotel Hilton, en un campo enorme. Daba muchísimas vueltas al perímetro corriendo, recuperando con trote, laterales, elongación, soltura de cadera… Una gran exigencia que rendía sus frutos porque no me cansaba para nada en los partidos. Tuve la suerte de volver a ganar, esa vez sobre John Sadri y en sets seguidos.

Entiendo que sorprendió que yo ganara dos abiertos de Australia, en pasto, y no otros Roland Garros, por ejemplo. Es que yo venía con un fuerte trabajo en la preparación para el césped: le tomé el punto a las canchas australianas y hacía saque y volea ni bien veía la oportunidad. La primera volea no era buena, pero con la segunda definía porque ya estaba encima de la red. Para volver al juego en lentas, bastaba un click y retomaba los golpes de fondo de inmediato; no me costaba, tenía las técnicas armadas en la cabeza.

En Australia, podía entrenarme con tiempo, algo que no sucedía en Wimbledon, donde había pocas canchas disponibles y llovía siempre. Considero que tuve mala suerte en serio al darse las condiciones para poder conseguir más títulos de Grand Slam. En Francia se les ocurrió poner luces en un costado nada más, para completar los partidos largos; en Forest Hills del ’75 iba derechito a quedarme con el título y me desgarré… La mala suerte me hostigó bastante en varios pasajes de mi carrera en que la necesitaba.

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