“Se sabe que la famosa lesión de Rafael Nadal, cuando estuvo parado siete meses, se debe en realidad a un control positivo”. Esta frase forma parte de la primera sentencia de la ex-ministra francesa Roselyne Bachelot.

La segunda fue la reafirmación de sus anteriores comentarios, y su juicio fue ampliamente extendido en el mundo del tenis y en la prensa. La francesa tendría conocimiento, digo yo, de los dos famosos dichos españoles, ya que parece tan enterada de todo lo nuestro: “Calumnia que algo queda” y “Cuando el río suena, agua lleva”.

Lo único que me sorprende un poco de todo este episodio es que sea una ex-ministra de Deportes la que haya vertido tales acusaciones. Si no fuera por el flaco favor que se hace a ella misma y a quien la nombró, no pasaría de ser otro ejemplo de lo que pasa a diario en Francia, en Reino Unido, en España y en un sinfín de países súper modernos del primer mundo: el amarillismo, el vocerío, el espectáculo barato del que todos participamos y que casi todos promovemos.

Intento ser siempre correcto y, por esto, sólo por esto, me incluyo en la anterior afirmación y en la reflexión que sigue:

Desde hace unos cuantos años ya, y en un ascenso que no ceja, han proliferado los programas de televisión en los que el griterío, el vituperio y las acusaciones a quien sea, y algunas veces en el peor de los tonos, disfrutan de las mejores audiencias. Cualquiera puede decir lo que se le antoje sin demostrarlo, sin pruebas y quedar impune en la gran mayoría de casos. Las cadenas televisivas que promueven tales espectáculos están haciendo en realidad, su propio negocio.

Yo no les culpo más a ellos que a toda la sociedad que disfruta a diario de tales funciones teatrales. Sería muy deseable y muy progresista, ahora que se lleva tanto esta palabra, entender que la libertad de expresión no tiene nada que ver con calumniar e insultar.

Una sociedad que quiere ser de verdad del primer mundo debería escuchar buenos argumentos. Y estos, se basan siempre en unos buenos conocimientos, un buen razonamiento y un talante sosegado. Signos todos ellos de una buena inteligencia.

Ojalá todos los bachelots que escuchamos a diario se vieran arrinconados por una sociedad que confía más en Shakespeare que en los dichos populares y les recordara que lo suyo es simplemente “mucho ruido y pocas nueces”.

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